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martes, enero 31, 2012

LA LEY DE LA HOSPITALIDAD (Buster Keaton)


Siglo XIX, Yanquilandia. Las familias McKay y Canfield se odian. Los brutales Canfield asesinan al patriarca de los McKay y su mujer envía a su único hijo a Nueva York para ser criado bajo la protección de su hermana. Veinte años más tarde, Willie McKay regresa a su localidad natal para hacerse cargo de la herencia paterna. Durante el viaje a la casa familiar se encuentra con la bella Virginia y ambos se enamoran. Sin embargo, cuando visita la casa de la joven, Willie se da cuenta de que Virginia es una Canfield. Y no solo eso: La familia enemiga mantiene vigente su guerra de clanes y están decididos a exterminar al descendiente de los McKay como si fuese una cucaracha. Pero... la Ley de la Hospitalidad les impide hacerle daño mientras él sea huésped en su casa. Ahora bien, cada vez que Willie pone un pie fuera de ella, no hay código de buena conducta que valga y los atentados contra su vida proliferan como envidia en cabeza de Caín...

Imaginativo melodrama cómico de raíces bíblicas y shakespearianas -e incluso cervantinas- Our Hospitality fue dirigido e interpretado en 1923 por Buster Keaton en compañía de la persona que más daño le ocasionó en toda su vida: Natalie Talmadge, su primera mujer y madre de sus dos hijos, Buster Jr. y Bob. El primogénito aparece al comienzo, en el papel de Willie bebé; el segundo nacería en 1924. Justo a continuación se deterioraría el matrimonio cuando la católica Natalie se declaró célibe; algo incomprensible e insoportable para un hombre tan repleto de testosterona como Keaton. Atención a la escena de las turbulentas aguas del río en el que acaban inmersos juntos; él renunciaba a usar dobles y pese a toda su fortaleza a punto estuvo de ahogarse en aquel rodaje, por exceso de riesgo. (Tanto líquido sin control y tanto peligro mortal no presagiaban nada bueno...)

En realidad, la magistral cinta contiene múltiples secuencias memorables, como por ejemplo aquellas en las que intervienen el perro, el burro y el caballo... dejando patente el afecto que sentía Buster Keaton hacia los animales; (cualidad que lo emparenta aún más si cabe con su colega Charles Chaplin.) Aunque si hablamos de animales domésticos -o más justo sería decir de fieras cavernícolas- cabe recordar especialmente aquel momento en que un sádico troglodita está maltratando a su masoquista mujer en el porche de su casa y el ingenuo justiciero sale en defensa de la 'pobrecita' víctima, con quijotesco resultado. Una escena que de cómica en el fondo tiene muy poco. Y es que a base de malas experiencias se aprende que muchas veces en este mundo tan patético hay que reír por no llorar. El Museo de la Luna

lunes, enero 30, 2012

BUSTER KEATON Y EL AMOR (Crónica Sentimental)


En 1921 Buster Keaton, genio cómico del cine mudo, recibió carta de Natalie Talmadge, cuñada de su jefe el productor Joseph Schenck, en la que le comunicaba que estaba dispuesta a aceptarle como esposo. La boda fue civil por expreso deseo de él y para desconsuelo de la familia de la novia, que era católica. Ella nunca había estado con un hombre y él era un golfo impenitente que había perdido la cuenta de todas las señoritas con las que se había acostado. No obstante, el matrimonio funcionó bien (durante un tiempo). En 1922 tuvieron a su hijo James (Buster Junior), en 1923 actuaron juntos en La Ley de la Hospitalidad (una de sus mejores obras) y en 1924 tuvieron a su hijo Robert (Bob). Pero Natalie demostró ser una mujer muy materialista y caprichosa, derrochaba grandes sumas de dinero en ropa y mobiliario, y después del nacimiento de su segundo niño anunció a su marido que prefería utilizar su cama exclusivamente para dormir.


Hasta aquel momento él le había sido fiel; pero a partir del celibato de ella, lógicamente se dio a los romances extra-matrimoniales (el más conocido con la fogosa actriz Kathleen Key), además de a excederse con el alcohol y a faltarle el respeto en privado y en público. Hubo varias reconciliaciones, como cuando el actor y director se comprometió a dejar de ver a Kathleen -la cual, enfurecida, le destrozó su camerino como si fuese un huracán. Pero él siguió saliendo con chicas e incluso llevó a una de ellas a casa y la invitó a probarse los innumerables vestidos de su esposa. El volcán Natalie explotó definitivamente con potencia de bomba atómica y la separación matrimonial fue devastadora; (también para ella, que deterioró su salud dándose al whisky y al tabaco.) Tozuda y vengativa, consiguió el divorcio en 1932, arrambló con todo el dinero, cambió de apellido a sus niños e impidió durante diez años que vieran a su padre, a pesar de lo mucho que le querían; (tal vez por la poco civilizada afición de él a aleccionarles sobre cómo estropear el mobiliario doméstico.) Cuando hubieron cumplido la mayoría de edad, sus propios hijos le buscaron y reanudaron la rota relación.


Natalie siguió odiándole de todo corazón hasta el último día de su vida y prohibió terminantemente que se hablara de él en su presencia; ni siquiera nombrarle ni mencionarle. (Años después -ya abuela- sus nietos se divertirían gritando ¡KEATON! para hacerla rabiar.) En cuanto a él, unido el desastre familiar, matrimonial y amoroso, a la pérdida de control sobre sus obras -cuando Schenck traspasó su productora a la MGM- y a la gélida ingratitud del público, cuya progresiva antipatía desmoronó su prometedora carrera cinematográfica, Buster Keaton terminó alcohólico e ingresado en una clínica de desintoxicación... donde conoció a su segunda esposa, una enfermera con la cual se casó a raíz de una confusión etílica y que también se divorció de él, en 1936 - arruinándole anímica y económicamente; otra vez.

El hombre no levantó cabeza hasta que conoció en 1940 a la providencial Eleanor Norris, que en aquel entonces tenía solo 22 años. Keaton se hallaba en horas bajas y encima le doblaba la edad, pero ella se enamoró de él y consiguió sacarle de la depresión y devolverle su autoestima. Se casaron y vivieron felices durante los siguientes 26 años, en los cuales se reavivó el interés mundial por sus obras. Keaton enfermó de cáncer de pulmón y murió en 1966 mientras dormía; lo último que hizo antes de irse a la cama, fue jugar a las cartas con Eleanor, como era su costumbre. Quizá de no haber pasado por aquel largo calvario tras su primer matrimonio, jamás hubiera disfrutado de la felicidad que vivió después junto al amor de su vida. Dice el proverbio que no hay mal que por bien no venga.

Proverbio muy sabio, pero que no sirve para la injustamente olvidada Kathleen Key, sensible y maravillosa actriz (como demostró interpretando a la amable Tirzah en la magnífica versión de Ben-Hur de 1925 junto a Ramón Novarro) que fue despedida de la MGM tras destruir en su torbellino de celos el camerino de Buster Keaton cuando éste decidió romper su idilio con ella y que no consiguió recuperarse nunca, ni profesional ni emocionalmente, de aquel desbarajuste amoroso. Se retiró en 1936 tras varios años aceptando miserables papeles como extra y acabó hundiéndose en la soledad y el alcoholismo. Murió soltera, enferma y sin dinero en 1954 (a los 51 años) en la Motion Picture Country House, un hogar comunitario para gente retirada de Hollywood. El Museo de la Luna

miércoles, enero 25, 2012

EL MAQUINISTA DE LA GENERAL (Buster Keaton)


Al ferroviario Buster Keaton le roban su amada locomotora unos soldados en plena Guerra de Secesión Americana y encima le secuestran a su novia. Se decide entonces a viajar en su persecución, tozudo e incansable por las vías del tren, ya que el amor es un bien bastante escaso y hay que cuidarlo; y a las novias también. Una historia magnífica, muy cómica y espléndida a todos los niveles, que expertos de renombre incluyen entre las diez mejores obras cinematográficas jamás realizadas; a pesar de ser muda, a pesar de haberse filmado hace casi noventa años (1926) y a pesar de que en su estreno ni la crítica ni el público supieron apreciarla en lo que valía. Todo adjetivo se queda corto a la hora de elogiar la esforzada labor del genial Keaton como director y como actor. En cuanto a Marion Mack, la actriz protagonista, abandonó la profesión después del rodaje porque no quería volver a estar seis meses seguidos alejada de su marido; desde entonces se metió a guionista. Una lástima, pues su actuación aquí resulta maravillosa; hay que ser una mujer muy inteligente para interpretar con ese encanto a una moza tan escasa de luces. En los títulos de crédito iniciales, Keaton la colocó a ella en primer lugar y él se puso el último: Ya solo por ese elegante detalle se merece una amplia sonrisa de admiración. El Museo de la Luna