
Krzysztof Komeda (Poznań, 27 de abril 1931) ingresó con ocho años en el Conservatorio de su ciudad decidido a convertirse en un gran músico. En aquel momento las tropas nazis invadieron Polonia, frustrando durante cinco años sus sueños infantiles mientras arrasaban el país y lo llenaban de ghettos, campos de exterminio, cámaras de gas y fosas comunes. Krzysztof y su familia sobrevivieron a la guerra en Czestochowa, a donde sus padres habían sido expulsados en noviembre de 1939 desde Poznań; allí asistió a clases secretas y ayudó a su familia con pequeños trabajos. Tras la liberación de Polonia se abrieron otra vez los colegios y reanudó su escolarización, al tiempo que por propia voluntad aprendió a tocar el piano. En abril de 1950 aprobó la secundaria y se matriculó en la Facultad de Medicina, donde seis años después se doctoró en Otorrinolaringología (la rama que estudia y cura las enfermedades del oído, la nariz y la garganta.) No obstante, su verdadera vocación -aunque estaba relacionada también con el oído- era otra muy distinta: La música. En concreto se enamoró del jazz, la forma de música más libre que dio el siglo XX y que -tal vez por ello- era muy mal vista por las cuadriculadas autoridades de la dictadura títere pro-soviética impuesta en la Polonia de posguerra. (O muy mal escuchada, mejor dicho.) Fue entonces cuando Krzysztof adoptó el eufónico apellido con el que luego se hizo famoso: Komeda (afortunadamente, ya que el suyo auténtico era Trzcinski...)

De hecho, se accidentaron los dos, cuando jugaban a caerse, pero Komeda llevó la peor parte.
Lo que no entendemos es por qué él, siendo un Doctor en Medicina, tomaba alcohol y fumaba.





En 1952, ya casi jubilado, 
Imaginativo melodrama cómico de raíces bíblicas y shakespearianas -e incluso cervantinas- 

























