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martes, marzo 06, 2012

MÉDICO DEL OÍDO Y MÚSICO DE JAZZ (Krzsyztof Komeda)

Tanques T-34 destruidos en la ciudad polaca de Poznań, arrasada por las tropas nazis de Hitler.

Krzysztof Komeda (Poznań, 27 de abril 1931) ingresó con ocho años en el Conservatorio de su ciudad decidido a convertirse en un gran músico. En aquel momento las tropas nazis invadieron Polonia, frustrando durante cinco años sus sueños infantiles mientras arrasaban el país y lo llenaban de ghettos, campos de exterminio, cámaras de gas y fosas comunes. Krzysztof y su familia sobrevivieron a la guerra en Czestochowa, a donde sus padres habían sido expulsados en noviembre de 1939 desde Poznań; allí asistió a clases secretas y ayudó a su familia con pequeños trabajos. Tras la liberación de Polonia se abrieron otra vez los colegios y reanudó su escolarización, al tiempo que por propia voluntad aprendió a tocar el piano. En abril de 1950 aprobó la secundaria y se matriculó en la Facultad de Medicina, donde seis años después se doctoró en Otorrinolaringología (la rama que estudia y cura las enfermedades del oído, la nariz y la garganta.) No obstante, su verdadera vocación -aunque estaba relacionada también con el oído- era otra muy distinta: La música. En concreto se enamoró del jazz, la forma de música más libre que dio el siglo XX y que -tal vez por ello- era muy mal vista por las cuadriculadas autoridades de la dictadura títere pro-soviética impuesta en la Polonia de posguerra. (O muy mal escuchada, mejor dicho.) Fue entonces cuando Krzysztof adoptó el eufónico apellido con el que luego se hizo famoso: Komeda (afortunadamente, ya que el suyo auténtico era Trzcinski...)


De día Komeda trabajaba en una clínica de laringología y de noche tocaba el piano en grupos de jazz. Debía sentirse como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. (De hecho "hide" en inglés significa esconderse y a ojos de sus colegas él ocultaba sus actividades musicales, para no ponerse en entredicho.) Sin embargo, su buen oído y su talento artístico eran demasiado potentes como para pasar desapercibidos; y su deseo de hacer realidad su sueño infantil, demasiado intenso como para no cumplirlo. Viajó con su grupo de jazz a diferentes festivales locales e internacionales y tras su contacto en 1960 con los cineastas Andrzej Wajda y Roman Polanski -cuyos primeros cortometrajes musicó- su nombre artístico empezó a conocerse. En los ocho años siguientes grabaría Astigmatic (1965) -histórico álbum de jazz europeo considerado uno de los mejores jamás realizados- y compondría la banda sonora de algunas de las más inolvidables películas de Polanski: La apasionante Nóż w Wodzie (El Cuchillo en el Agua, 1962); la patética Cul-de-Sac (Callejón sin Salida, 1966); la cómica The Fearless Vampire Killers (Los Temerarios Matavampiros, conocida en castellano como El Baile de los Vampiros, 1967); además de la insoportable Rosemary's Baby (El Bebé de Rosemary, conocida en castellano como La Semilla del Diablo, y de la cual a nosotros -por cierto- solamente nos gusta su dulce canción principal, esa melancólica melodía de cuna -de letra demoníaca- titulada Sleep Warm and Safe.)


Precisamente el compositor se encontraba en Los Ángeles arreglando la música para esa última película, cuando en diciembre de 1968 se precipitó por un barranco al volver a casa en su automóvil y sufrió un derrame cerebral. Esa fue la versión oficial. Según las memorias de su íntimo amigo Polanski, el infortunado Komeda se cayó en realidad por un terraplén cuando jugaba al infantil 'que te tiro que te caes' con su amigo el escritor Marek Hłasko en una fiesta etílica nocturna, golpeándose terriblemente su cabeza. Para que las autoridades californianas no investigasen el caso (habrían acusado de tentativa de homicidio lo que fue solo una estúpida imprudencia) Komeda fue trasladado de vuelta a Polonia. Allí recibió un erróneo tratamiento para su grave hematoma y empeoró cada vez más y más, hasta su muerte en Varsovia el 23 de abril, cuatro días antes de cumplir 38 años. El 14 de junio Marek Hłasko, que había sido un irresponsable toda su breve vida (35 años) se suicidó por sobredosis de barbitúricos en Wiesbaden, Alemania, tras semanas de remordimientos y depresión alcohólica. Cuando su amigo Komeda agonizaba, ya lo había anunciado: Jeśli Krzysio umrze, to i ja pójdę. (Si Krzysztof se muere, yo me voy con él.) Y lo cumplió.

Komeda junto a su amigo el escritor Marek Hłasko, que en una borrachera causó el accidente.
De hecho, se accidentaron los dos, cuando jugaban a caerse, pero Komeda llevó la peor parte.
Lo que no entendemos es por qué él, siendo un Doctor en Medicina, tomaba alcohol y fumaba.
(Sin pretender sermonear, pensamos sinceramente que al músico le perdieron sus compañías.)
En la imagen inferior, junto a su genial y vicioso amigo Roman Polanski y varios productores.


[Si se nos permite una infernal digresión, cabe decir que Sharon Tate, la actriz de El Baile de los Vampiros y esposa de Polanski, fue asesinada el 9 de agosto de aquel mismo 1969 por la secta satánica de Charles Manson, a los 26 años y embarazada de ocho meses y medio. La actriz de Cul-de-Sac, Françoise Dorleac, murió carbonizada en 1967 a los 25 años cuando su automóvil se estrelló en las afueras de Niza, por exceso de velocidad. Y el propio Polanski, cuya madre fue asesinada por los nazis durante la guerra, se escapó cuando era niño de un campo de concentración y de adulto se escapó de la justicia estadounidense tras emborrachar y violar a una menor de edad - crimen que todavía sigue persiguiéndole en su vejez. En fin, un cóctel de luctuosos sucesos que rodean la vida del director de la mejor película que se ha filmado sobre la música y sobre la Segunda Guerra Mundial: El Pianista (2002).]

En cuanto a nuestro amable pianista Komeda, a raíz de su temprana muerte, que truncó la carrera de uno de los músicos más sensibles y extraordinarios que ha dado Europa, su prestigio ha ido acrecentándose con el tiempo, ligado no solo al cine de calidad, sino también a su libre, pionera e influyente perspectiva musical. En Polonia se le admira mucho; cada noviembre se celebra el Komeda Jazz Festival, un concurso de jóvenes talentos en la ciudad de Słupsk. En Poznań, su ciudad natal, hay varias placas y monumentos que le recuerdan cariñosamente. En Suecia hay un grupo indie-pop que se llama Komeda en homenaje a él. Y en las inmediaciones de la Luna hay un cosmopolita y ecléctico museo donde tal día como hoy se publicó una humilde semblanza en su honor y hubo un brindis (sin alcohol) a la salud de su bellísima y sugestiva música. El Museo de la Luna

Esta estatua en bronce es obra del escultor Adam Dawczak-Dębicki y fue realizada por encargo
de la Facultad de Medicina de Poznań. Su rector pronunció bonitas palabras en la inauguración:

"W historii naszej uczelni pozostała pamięć o Komedzie jako absolwencie wydziału lekarskiego. Jednak miłość do muzyki była silniejsza i to jej poświęcił życie. Odsłaniamy pomnik, który niech przypomina wszystkim, że medycyna i sztuka są ze sobą powiązane. Tak jak wrażliwość na piękno ma wiele wspólnego z wrażliwością na cierpienie człowieka. Niech zapamiętają o tym nasi studenci, którzy każdego dnia będą przechodzić obok tego miejsca". Traducción: En la historia de nuestra universidad sigue presente la memoria de Komeda como graduado de la Facultad de Medicina, pero su amor a la música fue más fuerte y dedicó su vida a ella. Este monumento se inaugura para recordarnos a todos que la Medicina y las Artes son compañeras. La sensibilidad a la belleza y la sensibilidad ante el sufrimiento van indisolublemente unidas. Esperamos que a los estudiantes que cada día pasan por este lugar les sirva para tenerlo presente. Jaceck Wysocki, Rector de la Facultad de Medicina de Poznań, Polonia (19/11/2010)

jueves, marzo 01, 2012

Cómic: FABULEUX DESTIN (Ivan Brun)


Ayer compartimos 'NADA', una de las más terribles historietas jamás dibujadas, obra de Ivan Brun. La de hoy no se queda atrás, pese a que muestra una gran ternura hacia su cándido protagonista y a que la violencia en ella no es explícita, sino económica, burocrática y policial. El artista de Lyon la publicó en Junio 2010 en la revista cinematográfica 'Pilote' dentro de un monográfico dedicado a la simbiosis entre el cine y el cómic. Le propusieron que aportase un pequeño homenaje a la más famosa película francesa y él aceptó, pero a su manera, trayendo el tema a su terreno: Crítica social, denuncia de la injusticia y -en este caso concreto- defensa de los inmigrantes. Un muchacho africano de la calle que malvive esnifando pegamento en una de las múltiples ex-colonias-neo-colonialistas francófonas, se enamora de la actriz Audrey Tautou cuando ve en un cine Le Fabuleux Destin d'Amélie Poulain (Jean-Pierre Jeunet, 2001) y en su feliz ingenuidad decide emigrar a Francia a conocer en París a la dulce Amélie en persona. Pero su romántico ensueño no tendrá el final que imaginaba...

La historia, sin palabras pero tan elocuente como el mejor cine mudo, incluye un obvio tributo a la celebérrima 'Gran Ola en Kanagawa' del clásico japonés Katsushika Hokusai, así como una feroz diatriba contra la política migratoria del infame Nicolas Sarkozy, ese mismo miserable que dijo en una ocasión -palabras textuales- que 'el hombre africano no es suficientemente parte de la Historia'. A Ivan Brun le cae pésimo, hasta el punto de compararle con el patético tirano Adenoid Hynkel de Charles Chaplin (The Great Dictator, 1940). Esperemos que en abril lo expulsen del poder como vaticinan las encuestas, rezamos por ello de todo corazón. Y esperamos también, que en ese caso cumpla su promesa de retirarse de la política; le haría un magnífico favor no sólo a la ética, sino además a la estética. En fin, para quien desee ver esta magistral historieta breve, la hemos publicado a tamaño grande en el siguiente enlace, como hicimos ayer. La música de fondo es la Comptine d'un autre été y el Vals de Amélie, de Yann Tiersen, lógicamente. El Museo de la Luna

Cómic de Ivan Brun > FABULEUX DESTIN

miércoles, febrero 08, 2012

CHARLES CHAPLIN Y SU PÚBLICO (Quino)


Esta reliquia gráfica de Quino es un homenaje crítico a la escena donde Charles Chaplin cocina y se come su propia bota en La Quimera del Oro (The Gold Rush, 1925). La bota y los cordones eran en realidad de regaliz, pero eso no importa. El caso es que Chaplin elevó el hambre y la pobreza a la categoría de arte: Comedia conmovedora que hace sonreír no de burla, sino por empatía e identificación, a lo cual ayudan mucho las miradas subrepticias hacia la cámara: Miradas cómplices que él cultivaba mejor que nadie. No obstante es obvio -como resalta Quino en su dibujo- que la comedia basada en el hambre solo divierte a quien no tiene el estómago vacío: Cuantos menos alimentos puedes adquirir y más te rugen las tripas, menos sonríes y menos gracia te hace. Y cuanto más se queja tu conciencia por los millones de personas que mueren de hambre en el mundo, menos gracia te hace aún. En ese sentido, si su admirado cineasta ideaba y dirigía escenas como ésta, era precisamente porque los estómagos vacíos le tocaban el corazón muy en especial.

A pesar de lo multimillonario que le hicieron su talento y su éxito en la industria del cine, Charles Chaplin se mantuvo fiel a sus orígenes (en sus obras al menos) y prefirió dar relevancia y protagonismo absoluto a los más humildes, ya fuesen un vagabundo famélico, una florista ciega, un niño huérfano o incluso un perrito abandonado. Parecía siempre obsesionado por el deseo de conmover, humanizar y despertar buenos sentimientos hacia los más débiles, como contrapartida al egoísmo materialista e insensible que dominaba la sociedad de su tiempo - y del nuestro. El hecho de que hubiese tantas criaturas en la miseria, pasando hambre, frío, desamparo y calamidades, mientras a otros -él incluido- no les faltaba de nada, era una preocupación permanente en su memoria y le indignaba sobremanera; lo mismo que a Quino, cuyas creaciones -empezando por Mafalda- son todas muy chaplinianas: en ternura infantil, en sarcasmo crítico y en carácter reivindicativo y protector. El Museo de la Luna

martes, febrero 07, 2012

CIRCO DE FIERAS SIFONÁPTERAS (Charles Chaplin)


En 1919 a los treinta años Charles Chaplin filmó The Professor, una historia breve sobre un extravagante artista de variedades que llega a una pensión de mala muerte a pasar la noche con su troupe de animales de circo. Los animales de circo no son ni caballos mareados de dar tantas vueltas a la pista como asno de noria, ni leones africanos con pánico a las antorchas, ni elefantes asiáticos de orejas desgarradas por los ganchos, ni tigresas bengalíes con más latigazos en el cuerpo que rayas negras. Son fieras sifonápteras. Gigantescas al microscopio. (De unos dos o tres milímetros de largo.) Célebres principalmente por su molesta manía de vivir a expensas de la sangre de los demás, causándoles terribles picores e incluso gravísimas enfermedades como el tifus o la peste. Las fieras sifonápteras -familiarmente conocidas como pulgas y despectivamente como hijas de su pulga madre- son además criaturas muy ágiles cuyas acrobacias saltarinas superan con mucho las de Tarzán. Sin llegar a la excelencia del adorable cachorro Scraps un año antes en Vida de Perro, la actuación de los insectos en esta cinta fue talentosa e irreprochable, debido... a que solo existían en la imaginación del genial cómico. Sin embargo, el serio personaje que interpretaba él, no era exactamente su famoso vagabundo, cuyas andanzas acudía el público en masa a ver. (Con nariz postiza, pipa, sombrero de copa y maquillaje extra en cejas y bigote, estaba casi irreconocible.) De ahí que la historia quedase inconclusa, archivada y no llegase nunca a las salas de cine, a pesar de su gran calidad artística. Suerte que semejante joya se conservó y se restauró.

En 1952, ya casi jubilado, Chaplin reinterpretó la escena para su melancólica Luces de Candilejas, donde su personaje Calvero -humorista en horas muy bajas- se las ve y se las desea para sobrevivir en un mundo que le rompe el corazón con su desprecio e indiferencia. En aquel melodrama sentimental, la de las pulgas sería una de sus memorables escenas cómicas; pero la original (33 años antes) le hace la competencia en maestría escénica y encanto visual. El domador auténtico se llamaba Profesor Bosco y su capacidad para disciplinar a sus insectos a latigazos era tan notoria como su incompetencia para mantenerlas dentro de su caja. El actor y director, gran aficionado a incluir a pobres animales de circo en sus historias, en este caso no utilizó a ninguna pulga para rodar su cortometraje; son todas imaginarias, por fortuna para ellas y para el equipo de filmación, ya que el perfeccionista y obsesivo Chaplin se distinguía por repetir cincuenta veces cada toma. No obstante, los circos de pulgas existen; se 'doma' a los insectos como se acostumbra con aves y mamíferos, mediante los malos tratos: Se las encierra en frascos para que salten todo lo que quieran y se hagan daño contra el cristal. (Nos disgustan las pulgas y estamos a favor de su exterminio por razones de tranquilidad dermatológica, pero nos gusta aún menos la crueldad.)

A propósito: En Grecia se han prohibido por ley en 2012 los circos con animales. Decisión muy comprensible. Habiendo tantos herederos de Pericles y Léonidas esclavizados por el imperio del dinero y con ganas de extraerse los propios ojos como si fuesen personajes de Sófocles, y habiendo tantas garrapatas de dos patas en bancos y ministerios y tanto parásito chupasangres en Bruselas, ¿quién pagaría por meterse debajo de una sucia carpa a ver a un montón de viejos leones humillados saltar a través de ridículos hula-hops? A leones o a pulgas; la estupidez es la misma. El Museo de la Luna

martes, enero 31, 2012

LA LEY DE LA HOSPITALIDAD (Buster Keaton)


Siglo XIX, Yanquilandia. Las familias McKay y Canfield se odian. Los brutales Canfield asesinan al patriarca de los McKay y su mujer envía a su único hijo a Nueva York para ser criado bajo la protección de su hermana. Veinte años más tarde, Willie McKay regresa a su localidad natal para hacerse cargo de la herencia paterna. Durante el viaje a la casa familiar se encuentra con la bella Virginia y ambos se enamoran. Sin embargo, cuando visita la casa de la joven, Willie se da cuenta de que Virginia es una Canfield. Y no solo eso: La familia enemiga mantiene vigente su guerra de clanes y están decididos a exterminar al descendiente de los McKay como si fuese una cucaracha. Pero... la Ley de la Hospitalidad les impide hacerle daño mientras él sea huésped en su casa. Ahora bien, cada vez que Willie pone un pie fuera de ella, no hay código de buena conducta que valga y los atentados contra su vida proliferan como envidia en cabeza de Caín...

Imaginativo melodrama cómico de raíces bíblicas y shakespearianas -e incluso cervantinas- Our Hospitality fue dirigido e interpretado en 1923 por Buster Keaton en compañía de la persona que más daño le ocasionó en toda su vida: Natalie Talmadge, su primera mujer y madre de sus dos hijos, Buster Jr. y Bob. El primogénito aparece al comienzo, en el papel de Willie bebé; el segundo nacería en 1924. Justo a continuación se deterioraría el matrimonio cuando la católica Natalie se declaró célibe; algo incomprensible e insoportable para un hombre tan repleto de testosterona como Keaton. Atención a la escena de las turbulentas aguas del río en el que acaban inmersos juntos; él renunciaba a usar dobles y pese a toda su fortaleza a punto estuvo de ahogarse en aquel rodaje, por exceso de riesgo. (Tanto líquido sin control y tanto peligro mortal no presagiaban nada bueno...)

En realidad, la magistral cinta contiene múltiples secuencias memorables, como por ejemplo aquellas en las que intervienen el perro, el burro y el caballo... dejando patente el afecto que sentía Buster Keaton hacia los animales; (cualidad que lo emparenta aún más si cabe con su colega Charles Chaplin.) Aunque si hablamos de animales domésticos -o más justo sería decir de fieras cavernícolas- cabe recordar especialmente aquel momento en que un sádico troglodita está maltratando a su masoquista mujer en el porche de su casa y el ingenuo justiciero sale en defensa de la 'pobrecita' víctima, con quijotesco resultado. Una escena que de cómica en el fondo tiene muy poco. Y es que a base de malas experiencias se aprende que muchas veces en este mundo tan patético hay que reír por no llorar. El Museo de la Luna

lunes, enero 30, 2012

BUSTER KEATON Y EL AMOR (Crónica Sentimental)


En 1921 Buster Keaton, genio cómico del cine mudo, recibió carta de Natalie Talmadge, cuñada de su jefe el productor Joseph Schenck, en la que le comunicaba que estaba dispuesta a aceptarle como esposo. La boda fue civil por expreso deseo de él y para desconsuelo de la familia de la novia, que era católica. Ella nunca había estado con un hombre y él era un golfo impenitente que había perdido la cuenta de todas las señoritas con las que se había acostado. No obstante, el matrimonio funcionó bien (durante un tiempo). En 1922 tuvieron a su hijo James (Buster Junior), en 1923 actuaron juntos en La Ley de la Hospitalidad (una de sus mejores obras) y en 1924 tuvieron a su hijo Robert (Bob). Pero Natalie demostró ser una mujer muy materialista y caprichosa, derrochaba grandes sumas de dinero en ropa y mobiliario, y después del nacimiento de su segundo niño anunció a su marido que prefería utilizar su cama exclusivamente para dormir.


Hasta aquel momento él le había sido fiel; pero a partir del celibato de ella, lógicamente se dio a los romances extra-matrimoniales (el más conocido con la fogosa actriz Kathleen Key), además de a excederse con el alcohol y a faltarle el respeto en privado y en público. Hubo varias reconciliaciones, como cuando el actor y director se comprometió a dejar de ver a Kathleen -la cual, enfurecida, le destrozó su camerino como si fuese un huracán. Pero él siguió saliendo con chicas e incluso llevó a una de ellas a casa y la invitó a probarse los innumerables vestidos de su esposa. El volcán Natalie explotó definitivamente con potencia de bomba atómica y la separación matrimonial fue devastadora; (también para ella, que deterioró su salud dándose al whisky y al tabaco.) Tozuda y vengativa, consiguió el divorcio en 1932, arrambló con todo el dinero, cambió de apellido a sus niños e impidió durante diez años que vieran a su padre, a pesar de lo mucho que le querían; (tal vez por la poco civilizada afición de él a aleccionarles sobre cómo estropear el mobiliario doméstico.) Cuando hubieron cumplido la mayoría de edad, sus propios hijos le buscaron y reanudaron la rota relación.


Natalie siguió odiándole de todo corazón hasta el último día de su vida y prohibió terminantemente que se hablara de él en su presencia; ni siquiera nombrarle ni mencionarle. (Años después -ya abuela- sus nietos se divertirían gritando ¡KEATON! para hacerla rabiar.) En cuanto a él, unido el desastre familiar, matrimonial y amoroso, a la pérdida de control sobre sus obras -cuando Schenck traspasó su productora a la MGM- y a la gélida ingratitud del público, cuya progresiva antipatía desmoronó su prometedora carrera cinematográfica, Buster Keaton terminó alcohólico e ingresado en una clínica de desintoxicación... donde conoció a su segunda esposa, una enfermera con la cual se casó a raíz de una confusión etílica y que también se divorció de él, en 1936 - arruinándole anímica y económicamente; otra vez.

El hombre no levantó cabeza hasta que conoció en 1940 a la providencial Eleanor Norris, que en aquel entonces tenía solo 22 años. Keaton se hallaba en horas bajas y encima le doblaba la edad, pero ella se enamoró de él y consiguió sacarle de la depresión y devolverle su autoestima. Se casaron y vivieron felices durante los siguientes 26 años, en los cuales se reavivó el interés mundial por sus obras. Keaton enfermó de cáncer de pulmón y murió en 1966 mientras dormía; lo último que hizo antes de irse a la cama, fue jugar a las cartas con Eleanor, como era su costumbre. Quizá de no haber pasado por aquel largo calvario tras su primer matrimonio, jamás hubiera disfrutado de la felicidad que vivió después junto al amor de su vida. Dice el proverbio que no hay mal que por bien no venga.

Proverbio muy sabio, pero que no sirve para la injustamente olvidada Kathleen Key, sensible y maravillosa actriz (como demostró interpretando a la amable Tirzah en la magnífica versión de Ben-Hur de 1925 junto a Ramón Novarro) que fue despedida de la MGM tras destruir en su torbellino de celos el camerino de Buster Keaton cuando éste decidió romper su idilio con ella y que no consiguió recuperarse nunca, ni profesional ni emocionalmente, de aquel desbarajuste amoroso. Se retiró en 1936 tras varios años aceptando miserables papeles como extra y acabó hundiéndose en la soledad y el alcoholismo. Murió soltera, enferma y sin dinero en 1954 (a los 51 años) en la Motion Picture Country House, un hogar comunitario para gente retirada de Hollywood. El Museo de la Luna

miércoles, enero 25, 2012

EL MAQUINISTA DE LA GENERAL (Buster Keaton)


Al ferroviario Buster Keaton le roban su amada locomotora unos soldados en plena Guerra de Secesión Americana y encima le secuestran a su novia. Se decide entonces a viajar en su persecución, tozudo e incansable por las vías del tren, ya que el amor es un bien bastante escaso y hay que cuidarlo; y a las novias también. Una historia magnífica, muy cómica y espléndida a todos los niveles, que expertos de renombre incluyen entre las diez mejores obras cinematográficas jamás realizadas; a pesar de ser muda, a pesar de haberse filmado hace casi noventa años (1926) y a pesar de que en su estreno ni la crítica ni el público supieron apreciarla en lo que valía. Todo adjetivo se queda corto a la hora de elogiar la esforzada labor del genial Keaton como director y como actor. En cuanto a Marion Mack, la actriz protagonista, abandonó la profesión después del rodaje porque no quería volver a estar seis meses seguidos alejada de su marido; desde entonces se metió a guionista. Una lástima, pues su actuación aquí resulta maravillosa; hay que ser una mujer muy inteligente para interpretar con ese encanto a una moza tan escasa de luces. En los títulos de crédito iniciales, Keaton la colocó a ella en primer lugar y él se puso el último: Ya solo por ese elegante detalle se merece una amplia sonrisa de admiración. El Museo de la Luna

sábado, diciembre 17, 2011

EL TREN (Burt Lancaster & John Frankenheimer)


En 1964 el siempre magnífico Burt Lancaster controló de manera férrea -nunca mejor dicho- la producción de una historia bélica en la que se debate el conflicto moral entre el amor a la vida y el amor hacia los objetos, por muy valiosos que estos sean desde un punto de vista cultural o pecuniario. La biofilia y la necrofilia representadas en dos personajes antagónicos.

En agosto de 1944, mientras la burocracia nazi quema documentos comprometedores antes de retirarse de Francia, el coronel Von Waldheim (Paul Scofield), un culto pero inhumano oficial, amante de la belleza artística y al que sin embargo no le preocupan nada las vidas humanas, ni siquiera las de sus propios hombres, tiene la obsesión por robar las mejores obras de arte del patrimonio francés y evacuarlas en un tren a Alemania antes de que los aliados reconquisten París. Paul Labiche (Lancaster), un humilde controlador ferroviario amante de la libertad, miembro de la Resistencia y profundamente amargado por tanto sufrimiento humano tras cuatro terribles años de ocupación nazi, se ve impulsado a sabotear una y otra vez el trayecto para proteger un cargamento de cuadros que a él, a nivel personal, le importan una mierda en comparación con las vidas humanas.


La historia fue sólidamente filmada por John Frankenheimer -un director cuyas obras siempre tratan de hombres sometidos a presiones psicológicas extremas- e interpretada con sudor, manchas de hollín y emocionante realismo por un gran plantel de actores en estado de gracia. Por ejemplo, Michel Simon es el viejo maquinista sin cobardía ante la muerte al que no le importa escupir a los nazis con tal de sentirse héroe por una vez en su existencia, mientras que Jeanne Moreau es la huraña pero amorosa dueña de un motel, que salva la vida al ferroviario cuando éste necesita refugio y ayuda. Aunque tal vez el actor más importante no sea humano: El TREN y en especial los peculiares sonidos que emite, contribuyen a dotar a la historia de una intensidad dramática inolvidable. El Museo de la Luna


domingo, diciembre 04, 2011

LIFE AFTER PEOPLE (LA VIDA SIN HUMANOS)


Los hombres y mujeres han desaparecido de la Tierra... Población 0. Este documental describe lo que hará la Naturaleza con las ciudades, casas, carreteras, presas, monumentos, estadios, bibliotecas, libros, películas, CDs... etc etc... cuando ya no haya humanos sobre el planeta. En menos de 500 años desde ese momento, plantas, plagas y corrosión lo destruirán todo. Cuando nos extingamos, nuestra Historia y nuestra Cultura serán cubiertas por la vegetación, por el agua o por la arena... y olvidadas para siempre. En las ruinas llenas de hiedras y musgo en las grandes ciudades, vivirán palomas, lechuzas y otras aves, ratas y ratones, gatos, termitas y cucarachas. Y por lo que eran calles y autopistas, habrá herbívoros paciendo y cánidos acechándoles. Las razas de perros más pequeñas habrán desaparecido; sobrevivirán las más similares a lobos, cruzándose con ellos y volviendo a ser salvajes.

El documental no habla de los humanos, sino de qué pasará con su cultura, independientemente de las causas de nuestra muerte como especie. Toda nuestra civilización es tan fácilmente oxidable como un trozo de herrumbre a la intemperie. Y del mismo modo que cada uno de nosotros acabará convirtiéndose en polvo, nuestras construcciones de madera, cristal, acero y hormigón, también lo harán tarde o temprano. De la Humanidad solo quedarán -durante unos cuantos miles de años más- los jeroglíficos, la gran muralla china, los acueductos romanos y las caras esculpidas en el monte Rushmore. Ni siquiera nuestras ondas de radio llegarán a mundos extraterrestres, porque antes de alcanzar la siguiente estrella después del Sol, esas ondas se convierten en ruido... El memorable documental es resumen de la serie original de episodios en inglés, que se encuentra en Youtube como "Life After People".
El Museo de la Luna

LIFE AFTER PEOPLE, Serie completa > Episodio 1

jueves, abril 07, 2011

THE THIRD MAN / EL TERCER HOMBRE (Carol Reed)

Los puntitos humanos desde lo alto de la noria del Prater de Viena.

Quien disponiendo de medios no haya visto nunca El Tercer Hombre, de Graham Greene y Carol Reed, sepa que a nivel de experiencias culturales eso resulta imperdonable. Tanto es así, que no tenemos ganas de explicar al detalle por qué estamos de acuerdo en considerarla una de las diez, cinco, dos mejores películas de la Historia del Cine. O quizá la mejor. Además da lo mismo, pues la mayoría prefiere ver excrementos post-modernos en 3D antes que cine clásico de primera categoría en blanco y negro. En realidad estas palabras son un homenaje a la ética, más que al séptimo arte. Carece de trascendencia que haya quien no quiera conocer el contexto; eso no es problema nuestro.

Desde lo alto de la noria del ruinoso Prater vienés de posguerra, el sonriente Harry Lime (perverso y narcisista Orson Welles) chupa comprimidos para su acidez estomacal mientras le pregunta al decepcionado Holly Martins (adorable Joseph Cotten), su amigo de infancia, qué haría si le ofrecieran una considerable suma de dinero por cada puntito humano que dejara de moverse allá abajo... Cobarde sin escrúpulos ni conciencia, Lime trafica con penicilina adulterada que mata a enfermos y a mujeres embarazadas y el hospital infantil de Viena está rebosante de niños en coma irreversible por culpa suya y de sus hipócritas compinches. Holly se debate entre el deseo de colaborar con la policía para poner fin a esos crímenes y los sentimientos de lealtad hacia su fraudulento amigo, al que conoce desde hace veinte años. El mayor Calloway y su ayudante el sargento Paine (maravillosos Trevor Howard y Bernard Lee) le llevan entonces al mencionado hospital infantil para que vea en persona a los puntitos humanos de Harry Lime: Niños inocentes cuyo sufrimiento no importa en absoluto a quien se enriquece a costa de sus vidas masacradas. (Un argumento que nunca pasará de moda, por cierto: Ocurre cada día más...)

El caso es que a los bebés desahuciados no se les muestra en los fotogramas; el sabio director muestra solamente la cara de tristeza que se le pone al protagonista cuando les mira. La cítara de Anton Karas contribuye a que una escena muy humilde se transforme en la experiencia ética más duradera e inolvidable para cualquier persona cinéfila de buen corazón. La mejor y más sutil, por encima incluso de la fantasmal aparición del tercer hombre, de la frenética persecución por las cloacas y del legendario plano secuencia final en la carretera del cementerio. El Museo de la Luna

Enlace a Youtube > The Third Man (versión original en inglés)

miércoles, abril 06, 2011

El extraño caso del doble gato en El Tercer Hombre


Cuando después de una hora de metraje el enigmático tercer hombre al que alude el título de la historia se hace visible por primera vez durante unos breves segundos, sólo con su mirada y una burlona sonrisa deja entrever características muy propias del Felis silvestris catus. Tan simpático y misterioso como esquivo, cobarde, egocéntrico y poco de fiar. Al gato humanoide lo interpretaba Orson Welles, pero a quien el gato gatuno lamía los zapatos no era él, sino un miembro del equipo de filmación. El trotamundos Welles andaba en Italia preparando su versión de Othello. La escena se rodó mientras lo esperaban pacientemente en Viena y agregaron los primeros planos de su rostro cuando por fin hizo acto de presencia. Eso en los fotogramas pasa desapercibido. Sin embargo al gato le cambian las rayas de manera evidente al mirar hacia arriba en el portal. Se nota que es otro: Un doble gato. ¿Se filmó la mirada a posteriori y el gato principal andaba ausente? ¿O bien el director Carol Reed prefería ojos más expresivos? Sólo sabemos que los cordones de los zapatos iban untados con alimento para gatos con el fin de provocar el lameteo e iban conectados por dentro a los bolsillos del pantalón para moverlos y provocar el jugueteo. Tal vez en represalia por el esfuerzo que les supuso dirigirlo, el doble gato fue excluido en los títulos de crédito, pese a lo magnífico de su actuación y a que les salió totalmente gratis. Qué injusticia y cuánta ingratitud. El Museo de la Luna

martes, abril 05, 2011

OTHELLO DE WILLIAM SHAKESPEARE (Orson Welles)


Los niños dan vueltas sobre sí mismos para sentirse mareados. Orson Welles era un niño grande y como director de cine experimentaba con el mareo lúdico. Othello es un ejemplo muy claro. O muy claroscuro, mejor dicho. Se estrenó en 1952, pero había tardado más de tres años en filmar porque se le acababa el dinero y tenía que actuar en proyectos ajenos para financiarse. (Gracias a ello aceptó intervenir en El Tercer Hombre: Unos pocos días de trabajo en Viena a cambio de una suculenta suma, que no tardaría en derrochar al volver a Italia.) Contrató a Micheàl MacLiammóir para el papel de Yago porque pretendía dar a entender que el odio traicionero del servidor se debía a envidia sexual (impotencia de un viejo segundón frente al esplendor juvenil de su jefe, vigoroso africano recién casado con una doncella blanca.) Se considera en el gremio teatral que el auténtico protagonista de Othello no es el crédulo y celoso general negro, sino su ruin y destructivo alférez. De hecho en el teatro de Shakespeare solamente Hamlet y Ricardo III le adelantan en líneas de diálogo. Sin embargo en esta ocasión fue el director -el propio Welles- quien eclipsó en la sala de montaje a los actores en otro más de sus barrocos tributos al locuaz genio de Stratford. Los planos se van sucediendo desde toda clase de ángulos en vertiginosa lección de cinematografía, sensibilidad visual y estética expresionista, al servicio del espíritu del texto. El Museo de la Luna

lunes, abril 04, 2011

EL VERANO DE KIKUJIRO (Takeshi Kitano, 1999)


Kikujiro no natsu. La película más amable del gran Takeshi Kitano; escrita, interpretada e impecablemente rodada por él, aunque muy distinta a sus ultra-nihilistas historias sobre policías violentos y asesinos psicópatas de la yakuza. El leit motiv musical del compositor Joe Hisaishi (colaborador habitual de Kitano y célebre por sus magníficas partituras para las animaciones de los Estudios Ghibli) se repite en variaciones sucesivas dando a la historia una profundidad emocional fuera de lo común. Road-movie llena de humanidad, ternura y mucho humor chapliniano - pero sin sentimentalismo barato. Masao vive con su abuela en Tokyo; al poco de nacer fue abandonado por su madre, que se casó y tiene una hija, pero él no sabe nada y cuando en el colegio le dan las vacaciones decide ir a encontrarse con ella. Una vecina se entera y encarga a su marido Kikujiro (un desgraciado irresponsable, ex-matón de la yakuza, cuya madre vive en una residencia) que acompañe al niño y lo proteja. Lo que les sucede en su tragicómico viaje no está muy claro si debe hacer reír o llorar, de hecho provoca efecto simultáneo. El Museo de la Luna

martes, noviembre 09, 2010

DIÁLOGOS DE EL SÉPTIMO SELLO (Ingmar Bergman)

"A mediados del siglo XIV, Antonius Block y su escudero, tras largos años como cruzados en Tierra Santa, han regresado finalmente a su Suecia nativa, una tierra hecha estragos por la peste negra." En la primera escena, el caballero y su escudero reposan sobre las piedras al lado del mar, mientras sus caballos, locos de sed, beben agua salada. Antonius Block se refresca y reza en silencio. De repente, mientras prepara sus alforjas, aparece una visita inesperada: ¿Quién eres tú? Soy la Muerte. ¿Has venido a por mí? Mucho tiempo llevo ya en tu compañía. Lo sé. ¿Estás preparado? Mi carne teme, pero yo no. (La Muerte extiende su capa oscura acercándose). ¡Espera un momento! Todos decís lo mismo, pero yo no concedo aplazamientos. Tú juegas al ajedrez, ¿no es así? ¿Cómo lo sabes? Lo he visto en pinturas. Sí, soy un jugador bastante habilidoso. Pero no tanto como yo. ¿A qué se debe tu deseo de jugar contra mí al ajedrez? Eso es asunto mío. Desde luego. (Se sientan a ambos lados del tablero.) El tiempo que te resista, viviré. Si venzo, me dejarás libre. (La Muerte asiente con un leve gesto afirmativo. El caballero esconde dos fichas en sus manos y la muerte elige el color al azar.) Para ti las negras. Resulta apropiado, ¿no te parece? (Y se inicia la partida.)

En la segunda escena, Antonius y su escudero se topan directamente con la peste en forma de víctima, un hombre en mitad del camino, cuyo fiel perro sigue acompañándole pese al largo tiempo transcurrido desde que expiró. El escudero se baja del caballo para pedirle información, descubre el cadáver y se vuelve a montar. ¿Te ha indicado la dirección? No exactamente. ¿Qué dijo? Nada. ¿Era mudo? No, mi señor. Ha sido tremendamente elocuente. ¿En serio? Sí, se ha explicado con diáfana claridad. Pero en un tono muy sombrío.

Bengt Ekerot (La Muerte) y Max Von Sydow (El caballero Antonius Block) juegan al ajedrez.

- Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable. - No habla. - Clamo en las tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta a mis clamores. - Tal vez no haya nadie. - Pero entonces la vida perdería todo su sentido. Nadie puede vivir mirando a la Muerte y sabiendo que camina hacia la Nada. - La mayor parte de los hombres no piensan ni en la Muerte ni en la Nada. - Pero un día llegarán al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas. - Sí. Y cuando llegan… - ¡Calla! Sé lo que vas a decir. Que nos hace crear el miedo una imagen salvadora y esa imagen es lo que llamamos "dios".

sábado, septiembre 04, 2010

LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA (Billy Wilder, 1955)


La Tentación vive arriba. Deliciosa comedia veraniega dirigida en 1954 por Billy Wilder. El título original era The seven year itch (la comezón del séptimo año de casado). Obra de George Axelrod sobre la neurosis sexual del patético macho típico de la especie humana, cuyo cerebro vive totalmente controlado por su escroto, más aún en una sociedad hipócrita reprimida por la censura y la mojigatería, como lo era la estadounidense a mediados del siglo XX. Bueno, y en el siglo XXI también. Debido a que el estudio no le dejó contratar a los actores que él quería, a Wilder no le gustaba mucho esta película ni la actuación de Tom Ewell, pese a lo encantador y divertido que estuvo. La adorable esposa del personaje se iba con su hijo de vacaciones y él se quedaba a solas por motivos de trabajo: No tranquilamente, porque justo encima de su apartamento (y además conectada a él por una trampilla que unía las dos viviendas) se encontraba de alquiler una modelo tan ingenua y bondadosa como sexualmente atractiva, despertando en él unos instintos ya domesticados tras siete años de sólido y convencional matrimonio. La historia describe la épica lucha psicológica del tontorrón hombrecillo entre el amor que siente por su mujer y la pasión irrefrenable que le despierta la gloriosa vecina, que no es otra que Marilyn Monroe en el apogeo de su fama.


Hay muchas escenas mejores en la película, pero la famosa de Marilyn sobre la rejilla del metro se convirtió en el símbolo más icónico (y estúpido) de Hollywood. Como es de esperar en una fábrica de sueños, allí son muy mentirosos e hicieron pensar al público -erróneamente- que al pasar el metro por debajo de la trampilla, lo que sale hacia la calle es aire refrescante. Y no. Lo que sale es aire caliente, muy caliente. Tan caliente como la cara de cólera de Joe DiMaggio, el jugador de béisbol con el que estaba casado Marilyn por aquel entonces. Observando ensayar una y otra vez la escena a su mujer con su falda levantada, enseñando las bragas en pleno centro de Nueva York delante de miles de mirones, al final se acercó a ella, le susurró algo al oído y se marchó a casa enfadadísimo. Ella siguió rodando la escena y divirtiéndose, porque nació con la Luna en Leo y le encantaba ser el centro de atención. Pero aquel matrimonio hizo aguas poco después, debido a los naturales celos del airado marido. En la siguiente fotografía de rodaje, Billy Wilder da instrucciones a la actriz, en presencia de Tom Ewell. Era el 15 de Septiembre de 1954. A los admiradores de Norma Jean podemos contarles un secreto escatológico: Según Wilder, que adoraba a Marilyn pese a lo mucho que le hacía sufrir en los rodajes con sus equivocaciones e impuntualidades, ella tenía una cualidad muy especial. Si te invitaba a su casa (o tú la invitabas a la tuya) y de repente se iba al cuarto de baño, lo que se oía no era a una mujer haciendo sus necesidades, sino a un escandaloso animal prehistórico, a un terrorífico diplodocus de la orina. Lo sentimos por ella, pero es que nos encanta la iconoclastia. El Museo de la Luna